Mujer Reina Diosa Hechicera

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Laberinto de Pasiones

Hay que transitar el laberinto con devoción.

Todas los giros y retrocesos del laberinto te ayudan a poner tus tiempos de apatia, de turbulencia y de paz. Pero pronto descubrirás que los viejos modelos recurrentes, espirales y giros te ponen a prueba. Pueden hacerte creer que estás perdiendo terreno y que estás retrocediendo. Las vueltas y giros del camino no son una forma de hacerlo aún más difícil, sino una forma compasiva y sabia de desatar los nudos de tu corazón.

El laberinto te muestra la sabiduría de no tratar de medir tu progreso: precisamente debido a que el camino no es lineal ni mental, sino cíclico y espiritual. Similar a las vueltas de un arroyo. Lo único que importa es la confianza de saber que estás en el camino. El sendero que te conduce al centro, es un sendero angosto pero te conducirá a la fuente de la vida. La vida es eterna al igual que su fuente. Solo tienes que permanecer en el camino. Si tratas de engañar y saltar desde donde estás a donde quisieras estar sin transitar esa porción del camino, te perderás y quedarás confundido/a. Pero podrás comenzar de nuevo en cualquier momento. La compasión se experimenta más directamente en la permanencia en el camino y en el significado del camino que habrás transitado y que descubrirás, finalmente, en el centro. Simplemente no deberás detenerte y continuar siempre hacia delante.

Cualquiera que busque encontrará.

“El que sólo busca la salida no entiende el laberinto,
y, aunque la encuentre, saldrá sin haberlo entendido”


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El Elefante Encadenado

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces?. ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?”
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.

Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…
Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»… Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…

JORGE BUCAY


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La Guerra Del Ejercito Rosa

Andaos con ojo, maridos violentos, policías untados, políticos corruptos, burócratas indolentes… Ahí fuera hay una mujer dispuesta a no dejaros pasar ni una más. Se llama Sampat Pal. No está sola. Tiene detrás a otras 100.000 como ella. Lucharán juntas hasta donde haga falta contra la injusticia en India. Son las guerreras del ejército de los saris rosas.

Su comandante en jefe acariciará tu rostro cuando le mires a los ojos por primera vez. No hay que dejarse engañar. También parece querer sacarte las entrañas mientras te sondea. Así es Sampat Pal. Impredecible. Cariñosa cuando quiere. Agresiva si es necesario. Puro nervio. Un terremoto de 47 años y poco más de metro y medio de estatura. «¡Gulabi Gang vencerá!», grita al conocer cualquier fechoría merecedora de la intervención del Gulabi Gang, la banda del color rosa.

Sunitha se oculta en un portal para mostrar los moratones de sus muslos. La osadía de salir de casa sin permiso del marido le costó una paliza. La Policía no aceptó la denuncia y avisó al marido. Recibió una segunda paliza. Ahora ha vuelto a salir de casa sin permiso, pero es poco probable que reciba más golpes. Con el ceño fruncido Sampat Pal escucha su relato. Sunitha ha recorrido cincuenta kilómetros para hablar con esta mujer de 47 años vestida con un sari rosa. Sampat mira a Jay Prakash, su mano derecha, y le hace una señal. La Gulabi Gang -la banda rosa- intervendrá.

«En la India hay algo peor que ser pobre. Es nacer mujer»