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Qué nos hace humanos

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«En la sabana africana, una gacela no sólo trata de no ser devorada por los guepardos, sino que intenta ser más veloz que las demás gacelas cuando los guepardos atacan. Lo que le importa a la gacela es ser más rápida que las otras gacelas, no más rápida que los guepardos. (Hay una vieja historia de un filósofo que corre cuando un oso les ataca a él y a su amigo. “Eso no es bueno, es imposible correr más rápido que un oso” dice el amigo lógico, “no me hace falta, sólo tengo que ser más rápido que tú.” responde el filósofo. […] No utilizamos nuestros cerebros para resolver problemas prácticos, sino para ser más listos que los demás. Engañar a otros, detectar el engaño, entender los motivos de la gente, manipular a otras personas… eso es para lo que se usa el intelecto.»

Matt Ridley
Qué nos hace humanos #FD #Online
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Blanco Bueno Busca Negro Pobre

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Blanco Bueno Busca Negro Pobre –  Crítica de la cooperación y las ONG – Gustau Nerín

En muchos pueblos africanos hay una fuente. No es una fuente con un chorro continuo y juguetón, como las que manan aguas contaminadas en los pueblos del Mediterráneo. No. Lo que hay en África, en gran abundancia, son fuentes metálicas, fuentes «con bomba», como se las llama vulgarmente: sobrios robots que suministran unas decenas de litros de agua a costa de un ingente esfuerzo. Para llenar unos pocos cubos, las mujeres y los niños han de sacudir como desesperados un largo mango metálico, con frecuencia tras pasarse un buen rato bajo el sol guardando cola. Pero, en realidad, en pocos pueblos se ven niños y mujeres dándole a la bomba, dado que la mayoría de las fuentes no dejan salir ni una mísera gota de agua.

Un día vino alguien de un proyecto de cooperación y la construyó; se marchó y, al cabo de poco tiempo, la bomba dejó de funcionar. Y la gente volvió a buscar su agua al río, o a los viejos pozos con una simple cuerda, tal y como lo había hecho siempre.

El continente africano es un inmenso cementerio. Un cementerio plagado de proyectos abandonados: hospitales que nunca llegaron a ser inaugurados, letrinas que no se utilizaron, granjas de pollos que han durado tanto como las subvenciones, guarderías en ruinas que jamás han visto un niño, ordenadores viejos parados por falta de electricidad…

En África todo el mundo sabe que las políticas de cooperación no funcionan o, como mínimo, que no sirven para lo que se supone que deberían servir. Pero este secreto de dominio público no llega a Occidente, donde la acción humanitaria se presenta como la solución a todos los problemas africanos. Los políticos europeos viajan a África para hacerse una foto junto a «sus» proyectos. Los jóvenes alternativos occidentales que van a campos de trabajo durante el verano vuelven con llamativas ropas estampadas y con centenares de fotografías de los «maravillosos» niños a los que han «ayudado». Los periodistas, en la televisión y en la radio, presentan a los cooperantes como eficientes emisarios de un Norte solidario que cada día salva a los negros.

La población del Norte traga. En realidad, la mayoría de los ciudadanos no sabe nada de lo que pasa en África, y no lo sabe, básicamente, porque no le importa demasiado. Pero sí conoce, en cambio, que los europeos envían cooperación a los negros y piensa que los africanos se están desarrollando gracias a ellos.

Todos los occidentales han sufrido, de alguna forma, el bombardeo de publicidad de los organismos de cooperación gubernamentales y no gubernamentales. No hay escapatoria: la encuentran en los medios de comunicación, la ven en los anuncios de las carreteras… A veces la oyen, resignados, cuando son asaltados por la calle por individuos con chalecos de alguna ONG. Y los padres y las madres la vuelven a oír cuando llegan a casa, cansados tras el trabajo, porque los maestros de sus hijos, con pasión sectaria, se han encargado de convencerlos de que tienen que divulgar este mensaje de bondad universal. Evidentemente, al fin tanta publicidad convence a cualquiera. No hay nadie que critique los proyectos de cooperación. Nadie se atreve a cuestionar una cosa que se ha hecho con «buena voluntad». Nadie investiga sobre las fuentes averiadas, las vacunas caducadas y los quirófanos por estrenar que se pueden encontrar en cualquier rincón del continente africano. Los medios de comunicación, cuando hablan de cooperación, lo hacen siempre desde un punto de vista propagandístico; no aportan ni pizca de espíritu crítico, como se supone que es su deber. Los parlamentarios, que en teoría deberían controlar cómo se gasta el dinero público, no son capaces de hurgar en este tema por miedo a herir sensibilidades… De esta forma, la cooperación se ha convertido en un icono incuestionable. Los políticos dedicados a temas de cooperación, las instituciones internacionales, las ONG y los «expertos» son intocables, porque se supone que encarnan todas las bondades de Occidente.

Ante este papanatismo, es imprescindible decir algunas cosas bien claras: la historia de la cooperación al desarrollo en África es la historia de un fracaso. Nunca tanta gente con tan buenas intenciones había dedicado tantas energías a una causa tan inútil. Hace ya cincuenta años que se impulsan políticas de desarrollo en el continente africano. A lo largo de estos cincuenta años, estas políticas de bien poco han servido. Y, en numerosos casos, incluso han sido contraproducentes. Con este libro me gustaría poner de manifiesto las contradicciones que presenta en África este gran negocio que es la industria del desarrollo.
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#globalizacion de Alto Standing

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