Mujer Reina Diosa Hechicera

Mi Madre

Mi madre

por Amy Tan

Las palabras más odiosas que he dicho en mi vida a otro ser humano se las dije a mi madre. Yo tenía dieciséis años. Surgieron de la tormenta de mi pecho y las dejé caer con furia de granizo:

—Te odio, ojalá estuviera muerta.

Esperé que se desplomase, golpeada por mis palabras crueles, pero siguió de pie, erguida, con la barbilla alzada y los labios estirados en una sonrisa de loca.

—Muy bien, a lo mejor me muero yo —dijo—. Entonces ya no seré tu madre.

Teníamos muchas conversaciones parecidas. A veces intentaba matarse de verdad, arrojándose a la calzada, sosteniendo un cuchillo contra la garganta. Ella también tenía tormentas en el pecho. Y lo que me lanzaba era tan rápido y mortal como un rayo.

Después de nuestras discusiones se pasaba días sin hablarme. Me atormentaba, hacía como si no sintiera nada en absoluto por mí. Para ella yo estaba perdida, y por eso perdí una batalla tras otra, las perdí todas: las veces que me criticó, que me humilló delante de otros, que me prohibió hacer esto o aquello sin escuchar ni una sola buena razón de que debería ser al contrario. Me juré que nunca olvidaría esas injusticias. Las guardaría, endurecería mi corazón, me volvería tan impenetrable como ella.

Recuerdo esto ahora porque también recuerdo otra ocasión, hace apenas un par de años. Yo tenía 47 años, ya era una persona distinta, me había convertido en una escritora, en alguien que usa la memoria y la imaginación. Y precisamente estaba escribiendo una historia sobre una niña y su madre cuando sonó el teléfono.

Era mi madre, lo que me sorprendió. ¿La había ayudado alguien a llamar? Hacía tres años que el Alzheimer le estaba afectando a la cabeza. Al principio olvidaba cerrar la puerta con llave, después olvidó dónde vivía. Olvidó quiénes eran las personas y lo que habían significado para ella. Últimamente era incapaz de recordar muchas de sus penas y preocupaciones.

—Amy —dijo, y empezó a hablarme deprisa en chino—. Me pasa algo en la cabeza. Creo que me estoy volviendo loca.

Contuve el aliento. Normalmente apenas podía decir más de dos palabras seguidas.

—No te preocupes —empecé a decir.

—Es verdad —prosiguió—. Tengo la sensación de que no puedo acordarme de muchas cosas. No me acuerdo de lo que hice ayer. No me acuerdo de lo que pasó hace mucho tiempo, de lo que te hice…

Hablaba como alguien que se estuviera ahogando y hubiera conseguido sacar la cabeza del agua a fuerza de voluntad de vivir, y viera lo lejos que ya la había arrastrado el agua, lo imposiblemente lejos que estaba de la orilla.

—Sé que hice algo para hacerte daño —dijo frenéticamente.

—No —dije yo—. En serio, no te preocupes.

—Hice cosas terribles. Pero ahora no me acuerdo de qué. Y sólo quiero decirte… —Espero que puedas olvidar igual que he olvidado yo.

Intenté reír para que no se diera cuenta de que se me quebraba la voz.

—En serio, no te preocupes.

—Vale, sólo quería que lo supieras.

Después de colgar, lloré de felicidad y también de tristeza. Volvía a tener dieciséis años, pero la tormenta había desaparecido de mi pecho.

Mi madre murió seis meses después. Pero me había dejado las mejores palabras para curar, abiertas y eternas como un cielo azul despejado. Juntas, supimos en el fondo de nuestro corazón lo que debíamos recordar, lo que podemos olvidar.

Traducción de Berna Wang.

Publicado originalmente en The New Yorker, en diciembre del 2001

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